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Introducción
Un grupo de mujeres adscritas a la tendencia del feminismo Otras vocesnos hemos reunido para exponer algunos puntos de vista y
feministas
preocupaciones sobre la violencia contra las mujeres1.
El interés de esta ponencia es, sobre todo, poner a debate una serie de
preocupaciones que tenemos en torno al discurso “oficial” sobre la violencia.
Como feministas -algunas ocupadas en el trabajo directo en atención a las
mujeres, otras preocupadas por generar planteamientos y propuestas
propios ante tanta violencia y tanta retórica oficial y ciudadana sobre el
tema-, tenemos la necesidad de detenernos a pensar y compartir algunas
de nuestras certezas, pero sobre todo nuestras dudas y perplejidades ante
un tema que hace algunos años parecía preocupación nuestra en exclusiva,
pero sobre el que ahora se elaboran diversos discursos que guían las
prácticas institucionales de la atención a las mujeres.
El discurso feminista sobre la violencia contra las mujeres, que asumimos y
elaboramos en nuestro quehacer cotidiano, tiene ya treinta años y
pensamos que necesita ser revisado a la luz de las relaciones de género
actuales. Las mujeres, los hombres, y las relaciones de todo tipo que
establecemos han cambiado vertiginosamente en estas tres últimas
décadas; es verdad que estos cambios no han supuesto una transformación
total, como algunas voces afirman, y no estamos de acuerdo con quienes
dicen que “ahora todo es distinto” pero tampoco suscribimos la idea de que
“todo sigue igual”.
Las relaciones entre mujeres y hombres han cambiado. Muchas de nosotras
también, y mucho. Algunos de ellos también, aunque menos. En esta nueva
1 Norma Vázquez, Ana Almazán, Lala Mujika, Elisabet Padial, Mari Carmen Sainz,
Maria Rosario Arrizabalaga, Kontxi Orcasitas, Mari Carmen Camarero, Carmina
Ramírez.
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realidad ¿qué rescatamos de lo que elaboramos hace años, cuando nadie
nombraba la violencia y era vista como sinónimo de virilidad?
Pensamos que el feminismo ha hecho los aportes teóricos más importantes
para entender este fenómeno y también las propuestas más innovadoras
para la atención de las mujeres que viven esta situación. Desde esta
convicción, creemos que tenemos la posibilidad de ahondar en nuestros
principales postulados para mirarles aquellos ángulos que en su momento
no podían ser observados.
Pensamos que el momento actual se caracteriza por una gran confusión en
el entorno, producto de la amplia y sesgada difusión de los hechos más
violentos. El mayor abordaje por parte de los medios hace que no sólo haya
más sensibilización sobre la problemática sino también un inadecuado
abordaje del problema que, en ocasiones, hace que se ponga más acento en
lo anecdótico (después de cada asesinato los medios recogen siempre
comentarios fuera de contexto de la vecindad) que en el análisis. Hay
escasez en los medios de comunicación de voces autorizadas que puedan
analizar la dinámica de la violencia. Parecería que todo el mundo la
entiende, que cualquier persona sabe qué hacer, cuando en la realidad se
repiten tópicos que tienden a culpabilizar a las mujeres, por ejemplo, el ya
clásico “no había puesto denuncia” o el también frecuente consejo “déjalo”,
al margen de las circunstancias, los antecedentes o las posibilidades
existentes en cada caso.
Además, hay una excesiva psicologización de la problemática según la cual,
su abordaje concreto sólo podría darse desde las y los especialistas en la
materia, como si la violencia no tuviera una dimensión social y económica,
una relación con la desigualdad de género y el desigual acceso de las
mujeres al trabajo, con el hecho de que el modelo de relación mujerhombre
se esté desestructurando sin que los cambios sociales se produzcan
con la misma rapidez. Evadiendo esta dimensión social y política de la
violencia, parece que todo se circunscribe a un problema de tipo
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psicológico, principalmente de ella (aparecen todo tipo de explicaciones
sobre por qué las mujeres se “enganchan” en relaciones violentas), a veces
de él o de ambos. Desde esta óptica, el problema se solucionaría solamente
con una adecuada estrategia de afrontamiento por parte de las víctimas,
con una capacidad para romper la relación desde el primer maltrato, o una
actuación preventiva desde los primeros años de la escolarización. Creemos
que todo ello es necesario pero no suficiente ya que sólo pone acento en
salidas individuales olvidando las medidas sociales que hay que generar.
La presión social que se genera a partir de los asesinatos de mujeres
produce un clima de urgencia que busca la respuesta inmediata a estos
actos. Sin embargo, esta urgencia, con ser necesaria, no ayuda a que se
asegure la eficacia de las políticas e intervenciones y tampoco permite que
se puedan dar procesos de revisión, evaluación y corrección de los
discursos, abordajes, servicios y recursos existentes.
Una idea central del discurso feminista es que las múltiples variables
presentes en los actos violentos de los hombres hacia las mujeres (carácter,
situación, tipo y estado de la relación personal, etc…) no son causa de la
violencia. Pusimos el acento, y ese fue un argumento novedoso y
transgresor, en la desigualdad entre mujeres y hombres como causa de la
violencia. Pensábamos y proponíamos, quizás ingenuamente o porque no
teníamos más experiencia, que cuando el conjunto de relaciones sociales
fueran más igualitarias las mujeres estarían en mejores condiciones para no
sufrir el control masculino y su expresión violenta. No lo decíamos tan claro
pero quizás también estaba presente en nuestro ideario que ellos
cambiarían y se beneficiarían de la igualdad, que ejercer control sobre las
mujeres y las conductas femeninas terminaría no siéndoles necesario (e
incluso, que les resultaría indeseable).
Aunque es evidente que este análisis estructural sigue teniendo vigencia,
hay un sesgo en la orientación de todas las políticas que nos parece
preocupante: todas ellas centran su mirada en la víctima y olvidan al
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agresor. Las denominaciones habituales (“violencia contra las mujeres” o
“violencia de género”) no nombran a los responsables del ejercicio de esta
violencia: los hombres o, más precisamente, la construcción hegemónica de
la masculinidad. Con lo cual, ellos pasan ampliamente del tema y este
queda establecido, una vez más, como “preocupación femenina”.
Cambiar nuestro ángulo de visión y enfocarlos a ellos nos llevaría por
diferentes derroteros, empezando por exigir a los hombres comprometidos
con el cambio social que retomen este problema de su género (y de sus) como tema central de la construcción de relaciones igualitarias.
congéneres
También nos llevaría a sacar lecciones sobre la peligrosidad de ese modelo
de pareja heterosexual fundante de la familia más tradicional donde él es el
proveedor y ella la cuidadora, modelo que está en la base de muchos actos
de violencia y que se sostiene en un pacto fundacional que acarrea serios
riesgos para las mujeres, e incluso para los hombres.
Creemos que poniendo excesivo énfasis en la explicación estructural nos
hemos dejado por el camino la reflexión sobre los elementos propios de la
subjetividad (masculina y femenina). Ahora que el discurso oficial, las
políticas estatales e incluso algunos elementos de la cultura se han
impregnado de este análisis estructural, podemos detenernos con menos
temor y más curiosidad a analizar otros factores que están presentes en
esta violencia, por ejemplo: la construcción subjetiva de la feminidad y el
papel que el amor juega en ella; la dependencia emocional de mujeres y
hombres hacia un determinado tipo de relaciones de pareja; la seguridad
que aporta a algunas mujeres el tener una figura masculina al lado; el
temor de algunas mujeres a sus propios procesos de autonomía y
empoderamiento; el papel de la agresividad en la subjetividad masculina,
sus contradicciones y dificultades para asumir los cambios que ocurren a su
alrededor y con sus parejas; la permanencia de roles diferenciados en los
distintos tipos de familia que siguen depositando en las mujeres el cuidado
emocional y la dirección vital de sus integrantes; el concepto de amor
romántico que incluye renuncia y “obligación” de la mujer de sujetar
emocionalmente a su pareja masculina… en fin, un sinnúmero de aspectos
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relacionadas con la manera en que mujeres y hombres nos acercamos en el
terreno amoroso, familiar y social que también nos pueden ayudar a
entender la violencia.
No es nuestra intención desarrollar todos estos elementos en estas páginas,
es demasiado denso el asunto para tan poco espacio, sin embargo, sí
pensamos que el pensamiento feminista debe abordar estos aspectos que
nos permitan explicaciones más profundas a la cuestión de por qué el
avance de la igualdad no ha traído la disminución de la violencia. Desde
nuestro punto de vista, elementos de las subjetividades femeninas y
masculinas nos ayudan a completar y, sin duda, complejizar el discurso
estructural de las causas de la violencia.
La violencia en las relaciones de pareja ocupa hoy mucha de la atención
mediática e institucional, también la nuestra. No es la única violencia
existente pero sí la que más alarma causa, por su recurrencia y crueldad
cada vez más creciente. Merece la pena que nos detengamos en ella.
Esta violencia tiene dos dimensiones: la instrumental y la simbólica. La
primera de ellas, en donde un hombre concreto descarga lo que sea
(control, frustración, pérdida de poder, rabia, desesperanza, angustia…)
contra una mujer concreta, es la dimensión que se enfatiza en los medios:
ella no había puesto denuncia, la vecindad no se había percatado o, por el
contrario, era la crónica de un asesinato anunciado, se suma y se sigue.
Sin embargo, la dimensión simbólica aparece poco y si lo hace es para
promover preguntas retóricas y aumentar el nivel de los calificativos, pero
sin permitir análisis de fondo. ¿Por qué los hombres matan? ¿Por qué los
hombres que han matado han utilizado tanta saña? ¿La inmigración
ocasiona tanta frustración o remueve tanto los roles en la pareja, que sólo
deja la violencia y el asesinato como salidas? ¿Por qué en este particular
crimen, el asesino se intenta matar o va a entregarse? ¿Se le ha terminado
la furia? ¿Por qué los hombres no violentos siguen manteniéndose (salvo
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pequeños grupos) alejados de esta lucha, como si su no violencia
instrumental los salvara del impacto simbólico de las acciones de sus
congéneres?
Son algunas de las preguntas que nos preocupan y sobre las que no
tenemos una respuesta suficientemente elaborada aunque sí algunas
intuiciones. Seguimos pensando que la violencia masculina tiene su origen
en la desigualdad y, más precisamente, en el control instrumental y
simbólico por parte de los hombres sobre la autonomía, capacidad de
decisión, movilidad y elección de las mujeres. Y siendo la desigualdad su
origen, constatamos también que la violencia se recrudece a medida que
aumentan las cotas de igualdad que, evidentemente, hemos conseguido las
mujeres en las últimas décadas.
En estos últimos años nos estamos enfrentando a una violencia reactiva;
ahora los hombres tienen más rabia porque pierden con mayor frecuencia el
control sobre las mujeres, a las que, sin embargo, siguen considerando su
posesión. Por otro lado, la tolerancia social hacia esta violencia es
contradictoria puesto que conviven el rechazo público formal con la
impunidad social y, seguramente a medio fondo, con expresiones de
aceptación de la violencia como “derecho” de los hombres. Para muchos
hombres, el uso de la violencia se hace cada vez más necesario, para no
perder ante ellos mismos su propia valía, para conservar un poco
estructurada su autoimagen e incluso su autoestima.
También sostenemos la hipótesis de que en muchas mujeres persiste una
gran confusión sobre nuestro papel en las relaciones amorosas, de las
cuales nos seguimos sintiendo responsables, en exclusiva y para toda la
vida. Y aunque los cambios sociales de la feminidad incidan en nuestra
autonomía, la verdad es que el amor sigue siendo un eje central que
estructura nuestra identidad al igual que el miedo a la soledad (reforzado
intensamente por la repulsión social que ocasiona una mujer “sola” o
acompañada por otras mujeres). Todo ello hace que muchas mujeres opten
por relaciones de pareja de mala calidad y que generan dependencia y
abuso, que toleren malos tratos y les cueste romper con esa situación.
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Actualmente se está creando una cultura de abordaje de la violencia que
pasa por (y establece como única salida) la denuncia, sin tomar en cuenta
que para muchas todavía este paso es difícil de dar. Mientras se
transforman las subjetividades, se profundiza la comprensión del fenómeno
y se consolidan los cambios en las relaciones sociales que, hoy por hoy,
presionan todavía más a las mujeres que a los hombres, debieran existir (y
debiéramos exigir) alternativas de apoyo para las mujeres que no
requirieran indefectiblemente la denuncia.
Son muy diversas las percepciones subjetivas del maltrato por parte de las
mujeres. Aunque todas seamos susceptibles de vivir episodios de violencia
(de distinto tipo) a lo largo de nuestra vida, la manera en que los
interpretemos será diferente y dependerá en muchos aspectos de nuestra
historia personal, ya que no todas tenemos las mismas herramientas para
integrar esa experiencia. Para algunas, ese episodio puede marcar el resto
de sus vidas, en tanto que para otras puede ser un mal recuerdo sin un
significado trascendental.
Hay muchas mujeres que viven episodios de violencia a los que
“normalizan”, instalándolos dentro de la dinámica de su relación de pareja o
de la expectativa que tienen acerca de las relaciones entre mujeres y
hombres. Por tanto, aunque la sufran, consideran que la violencia que
sufren es normal. Otras, en cambio, son más conscientes de la violencia que
viven, la reconocen e incluso la pueden nombrar como tal, pero no pueden
pedir ayuda por distintas causas: porque se culpabilizan, tienen demasiado
miedo, creen que nadie les puede ayudar, han tenido experiencias
decepcionantes, se encuentran muy aisladas, etc.
Otro sector, quizá más reducido, es el de las mujeres que piden algún tipo
de ayuda, aunque no necesariamente a algún servicio público. Son aquellas
que se acercan a una amiga o familiar en búsqueda de escucha y/u
orientación, o recurren a algún tipo de servicio privado, quizá porque siguen
asociando los servicios públicos de ayuda a las mujeres maltratadas como
adecuados para mujeres pobres y/o porque no se identifican con un
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supuesto perfil de mujer dependiente y piensan que su problema de
violencia pueden superarlo con una ayuda específica y puntual.
Finalmente, tenemos al grupo de mujeres que recurren a pedir apoyo a los
servicios públicos. y/o denuncian a su agresor.
Esta diversidad de vivencias y conciencias de la violencia deberían
ayudarnos a entender cuáles son las herramientas personales y los recursos
sociales que ayudan a que las mujeres caminen por uno u otro nivel de
percepción. También tendrían que servirnos para proponer estrategias
distintas y respuestas adecuadas desde las administraciones a las
necesidades que los distintos grupos puedan expresar.
Por ejemplo, las mujeres que “normalizan” la violencia e incluso aquellas
que la reconocen pero no pueden pedir ayuda, requieren de políticas que
cuestionen esta normalización de la violencia sin culpabilizarlas, políticas de
concienciación y prevención que al mismo tiempo legitimen la búsqueda de
apoyo. Un apoyo cuyos ejes centrales sean la escucha y la creación de una
narrativa alternativa que comprenda las contradicciones y miedos de las
mujeres (e incluso de los hombres) en las relaciones actuales de pareja, las
cuales se debaten entre mensajes modernos, comportamientos caducos e
instituciones que no cambian con la rapidez que se espera, y que se exige a
las personas.
Nos parece evidente que así como hay diversos niveles de comprensión de
la violencia entre las mujeres, también entre los hombres hay matices en su
análisis y vivencias de la violencia que pueden o no ejercer. Sin duda hay
algunos, los menos, que rechazan esta atribución genérica así como otros
que la siguen considerando legitima. Lo cierto es que sabemos mucho
menos de su reflexión al respecto, la estarán haciendo, esperemos. Y desde
luego nos gustaría que en esa reflexión no obviaran su papel en las
relaciones desiguales con las mujeres, es decir, que no nos contaran
solamente cuánto sufren por no poder expresar sus sentimientos sino que
se detuvieran a compartirnos cuántos privilegios les otorga esta posición y
cómo “se lo hacen” con ellos.
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Desde nuestro punto de vista, los instrumentos jurídicos y dispositivos
asistenciales que se han creado son un avance importante. Pero queremos
ir más al fondo y reflexionar, desde una perspectiva feminista (y no como
instrumento de campaña electoral) sobre el impacto de la Ley Integral
contra la violencia de género. No creemos que como movimiento tengamos
que reivindicar cada día nuevos cambios legislativos, sin embargo, estamos
a favor de exigir que se haga una rigurosa evaluación de resultados de la
aplicación de esa ley; de lo contrario, dichas modificaciones legales no
incorporarán los aprendizajes que deja la experiencia adquirida, tanto en
sentido positivo como negativo. Por eso, pensamos que es necesario que el
movimiento feminista exija la realización de una evaluación de los
resultados de la Ley Integral y, en general, de las políticas estatales,
comunitarias y locales que se impulsan en relación a esta problemática.
La ciudadanía tiene derecho a conocer cómo ha funcionado realmente la Ley
para saber que hay que cambiar, si es que ha de cambiarse algo. Por eso,
tenemos que reivindicar a la administración una evaluación rigurosa,
cuantitativa pero también cualitativa, que dé respuesta a algunas
interrogantes que nos parecen centrales: