Licencia para maltratar: el mundo al revés del Supremo

Por Pilar Careaga

Un héroe, según el Diccionario de la Real Academia Española, es un varón

ilustre que se distingue por sus hazañas o virtudes y a eso remite nuestro imaginario: un héroe auxilia y protege a los más débiles, incluso arriesgando su propia vida. Un héroe es un modelo de vida, un referente. La literatura y el cine están llenos de héroes: se enfrentan en solitario a malvados forajidos, secuestradores sádicos o terroristas fanáticos que iban a violar a una mujer, mutilar a un campesino, atracar un hogar, secuestrar y torturar a un menor. Un héroe siempre controla sus emociones y actúa con dignidad. Un héroe nunca pegaría a una mujer: eso es de villanos.

A los héroes se les recompensa con condecoraciones y honores reconociéndoles así esa alta calidad moral que les llevó al cumplimiento de los propios deberes y que comporta la gloria o buena reputación que sigue a la virtud, de nuevo parafraseando a la Real Academia. La sentencia del Tribunal Supremo en la que rebaja la pena de 8 meses y un día a 5 meses y un día a un militar maltratador de su mujer porque en la vista no se valoraron las condecoraciones obtenidas en la guerra de Afganistán ni se consideró que después de pasar por ese escenario se ha acostumbrado a la violencia, o sea las ha incorporado a su comportamiento cotidiano, rompe cualquier marco ético y civilizado en el que queramos situarnos.

Supone la sentencia que el contacto con la violencia contamina, que una guerra hace violentos a quienes intervienen en ella. Y eso significa que las hazañas bélicas no están protagonizadas por héroes dignos y cuerdos sino por matones que ninguna sociedad debería condecorar. ¡Caramba con el Supremo!
Cabe preguntarse, si un tribunal recompensa a un delincuente, ¿qué principio ético inspira a dicho tribunal? Clara respuesta: Fascismo patriarcal. ¿Qué lección debe sacar la sociedad a la que debería proteger y no lo está haciendo? La justicia no es igual para todos, y menos para todas, y autoriza a cualquier varón que lleve uniforme y haya pasado por un campo de entrenamiento a maltratar a su compañera.

Y es que, el Derecho, las leyes y las sentencias judiciales tienen por definición un valor didáctico e instruyen a la sociedad sobre lo que está bien y lo que está mal. Y que un ilustre varón condecorado pegue se le puede permitir. Vale con una amonestación, dice el Supremo.

Esta sentencia es igual que otras que leemos en la prensa procedentes de lugares lejanos en las que se condena a mujeres por conducir, se las lapida por haberse quedado embarazadas en una violación o se acusa de blasfema, con petición de pena de muerte, a una niña con síndrome Down que ha quemado unas páginas de un libro que había en casa y que resulta llamarse Corán. Todas son sentencias no democráticas y patriarcales. No las hace distintas la dureza del castigo. Importa la ideología que las sustenta. El camino al oprobio absoluto empieza con el primer paso, por corto que sea.

¿Qué está pasando en nuestros tribunales e incluso en el Supremo? Porque lo que era de razón esperar del Alto Tribunal es que hubiese mantenido la pena o que dijese que en el caso que se dirimía poco importaban los supuestos honores del agresor o incluso que se considerase un agravante el haberse valido de la imagen y calidad de héroe condecorado, de quien no cabría esperar comportamiento tan vil, y por lo tanto se aumentase la pena. Eso si hubiese estado bien y hubiese sido muy didáctico.

Pilar Careaga Castrillo es filóloga y feminista.

El País. 29 agosto 2012
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Por Pilar Careaga
Un héroe, según el Diccionario de la Real Academia Española, es un varón ilustre que se distingue por sus hazañas o virtudes y a eso remite nuestro imaginario: un héroe auxilia y protege a los más débiles, incluso arriesgando su propia vida. Un héroe es un modelo de vida, un referente. La literatura y el cine están llenos de héroes: se enfrentan en solitario a malvados forajidos, secuestradores sádicos o terroristas fanáticos que iban a violar a una mujer, mutilar a un campesino, atracar un hogar, secuestrar y torturar a un menor. Un héroe siempre controla sus emociones y actúa con dignidad. Un héroe nunca pegaría a una mujer: eso es de villanos.
A los héroes se les recompensa con condecoraciones y honores reconociéndoles así esa alta calidad moral que les llevó al cumplimiento de los propios deberes y que comporta la gloria o buena reputación que sigue a la virtud, de nuevo parafraseando a la Real Academia. La sentencia del Tribunal Supremo en la que rebaja la pena de 8 meses y un día a 5 meses y un día a un militar maltratador de su mujer porque en la vista no se valoraron las condecoraciones obtenidas en la guerra de Afganistán ni se consideró que después de pasar por ese escenario se ha acostumbrado a la violencia, o sea las ha incorporado a su comportamiento cotidiano, rompe cualquier marco ético y civilizado en el que queramos situarnos.

Supone la sentencia que el contacto con la violencia contamina, que una guerra hace violentos a quienes intervienen en ella. Y eso significa que las hazañas bélicas no están protagonizadas por héroes dignos y cuerdos sino por matones que ninguna sociedad debería condecorar. ¡Caramba con el Supremo!
Cabe preguntarse, si un tribunal recompensa a un delincuente, ¿qué principio ético inspira a dicho tribunal? Clara respuesta: Fascismo patriarcal. ¿Qué lección debe sacar la sociedad a la que debería proteger y no lo está haciendo? La justicia no es igual para todos, y menos para todas, y autoriza a cualquier varón que lleve uniforme y haya pasado por un campo de entrenamiento a maltratar a su compañera.
Y es que, el Derecho, las leyes y las sentencias judiciales tienen por definición un valor didáctico e instruyen a la sociedad sobre lo que está bien y lo que está mal. Y que un ilustre varón condecorado pegue se le puede permitir. Vale con una amonestación, dice el Supremo.
Esta sentencia es igual que otras que leemos en la prensa procedentes de lugares lejanos en las que se condena a mujeres por conducir, se las lapida por haberse quedado embarazadas en una violación o se acusa de blasfema, con petición de pena de muerte, a una niña con síndrome Down que ha quemado unas páginas de un libro que había en casa y que resulta llamarse Corán. Todas son sentencias no democráticas y patriarcales. No las hace distintas la dureza del castigo. Importa la ideología que las sustenta. El camino al oprobio absoluto empieza con el primer paso, por corto que sea.
¿Qué está pasando en nuestros tribunales e incluso en el Supremo? Porque lo que era de razón esperar del Alto Tribunal es que hubiese mantenido la pena o que dijese que en el caso que se dirimía poco importaban los supuestos honores del agresor o incluso que se considerase un agravante el haberse valido de la imagen y calidad de héroe condecorado, de quien no cabría esperar comportamiento tan vil, y por lo tanto se aumentase la pena. Eso si hubiese estado bien y hubiese sido muy didáctico.
Pilar Careaga Castrillo es filóloga y feminista.
El País. 29 agosto 2012
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